Al mando de un dedo

Tú, me hiciste un hombre bueno
corriste a mis manos
como niña
al encanto de un columpio
buscando subir tus aires
a la cima de un balanceo.









Yo, que confiando en el vaivén
de las idas por las salidas
y en el roce de la arena, que puse
bajo el manto de tus pies,
fallé en sostener tu espalda
cuando la velocidad de los pensamientos
viajaba a al traste de nuestra juventud.

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